La historia de cómo unos pocos conejos pueden transformar un ecosistema entero se ha reescrito en Australia con una claridad impactante. Lo que comenzó como un intento de un colono de recrear un "pedacito de hogar" en 1859, al liberar 24 conejos, se convirtió en una de las invasiones biológicas más rápidas y costosas que el mundo haya presenciado. En cuestión de décadas, la población de conejos europeos alcanzó la asombrosa cifra de 600 millones, devastando una vasta extensión de 5.3 millones de kilómetros cuadrados de suelos productivos y causando daños agrícolas que superan los 200 millones de dólares australianos cada año. Este relato es un claro recordatorio de que la naturaleza, una vez alterada, puede desencadenar consecuencias impredecibles y a menudo catastróficas.
La Epopeya de una Especie Invasora: Cronología y Consecuencias en Australia
La saga de la invasión de conejos en Australia se remonta a un envío de tan solo 24 ejemplares de conejo salvaje, que fueron liberados en 1859 en la propiedad de Thomas Austin en Barwon Park, Victoria. Esta pequeña población inicial fue el catalizador de una de las colonizaciones más rápidas registradas para un mamífero introducido, expandiéndose a una velocidad promedio de cien kilómetros por año. El éxito reproductivo del conejo europeo, con hembras capaces de tener múltiples camadas al año, combinado con el clima templado del sur de Australia, la abundancia de pastos y la ausencia de depredadores naturales, creó el escenario perfecto para su proliferación descontrolada.
Los efectos de esta explosión demográfica fueron devastadores. La presión constante de los conejos sobre los brotes tiernos y las plantas jóvenes impidió la regeneración natural de la vegetación. El paisaje, antes cubierto de hierba, se transformó en extensiones áridas y erosionadas, perdiendo su materia orgánica y compactándose. Esta degradación no solo afectó a la agricultura, sino que también puso en peligro a más de trescientas especies nativas, llevando al conejo europeo a ser clasificado como una de las principales amenazas para la biodiversidad australiana.
Ante esta crisis, Australia implementó diversas estrategias de control. A principios del siglo XX, se construyeron extensas barreras, como la famosa valla de 1.834 kilómetros en Australia Occidental, que posteriormente se amplió a más de 3.250 kilómetros. Sin embargo, estas barreras resultaron costosas de mantener y no lograron detener por completo la expansión. A mediados del siglo pasado, el enfoque cambió hacia el biocontrol, introduciendo el virus de la mixomatosis en los años 50, que inicialmente redujo las poblaciones en un 90% en algunas áreas. Con el tiempo, los conejos desarrollaron resistencia, y en los años 90, se liberó el virus de la enfermedad hemorrágica del conejo (RHDV1), seguido por variantes como el RHDV1 K5 y el RHDV2, que causó una disminución del 60% en las poblaciones entre 2014 y 2018. A pesar de estos esfuerzos, la constante evolución de los conejos y los virus ha llevado a la necesidad de una "tubería" continua de agentes de biocontrol y herramientas genéticas.
Los daños económicos persisten, superando los 200 millones de dólares anuales en pérdidas de producción. Las autoridades de Victoria ilustran el impacto señalando que siete conejos consumen tanto forraje como una oveja, lo que demuestra cómo estos animales invisibles devoran los recursos, reducen la capacidad de las fincas y obligan a mayores gastos en alimentación, cercados, venenos y fumigación de madrigueras.
El caso de la invasión de conejos en Australia es una lección poderosa sobre las consecuencias de introducir especies exóticas en nuevos entornos. Destaca la importancia de la prevención como la estrategia más efectiva y económica. Una vez que una especie se establece y se reproduce sin control, como sucedió con los conejos en Australia, su erradicación se convierte en una batalla constante y costosa. La experiencia australiana subraya que, para salvaguardar los ecosistemas, es fundamental combinar la ciencia, la coordinación y la persistencia en la gestión de especies invasoras. La prevención es la mejor "valla" para evitar que problemas aparentemente pequeños se conviertan en catástrofes ambientales de magnitudes inimaginables.